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Reflexión

El valor del fracaso

A veces las cosas salen mal. De hecho, muchas veces las cosas salen mal. Y podemos decir que existen 2 tipos de fracasos, el de haberlo intentando y haberte esforzado y el fracaso de simplemente hacerlo con desdén y sin esfuerzo.

Hoy me interesa hablar del primero, del fracaso ligado al esfuerzo, a la acción intencionada de lograr algo. Ese fracaso puede tener múltiples orígenes como la falta de conocimiento, la falta de habilidad, la falta de experiencia, o, simplemente, por factores externos.

Desgraciadamente, parece que nuestra cultura rechaza o estigmatiza o ve con ojos malos al fracaso.

Un alumno que en la escuela reprueba, aunque se esforzó, puede ser visto igualmente mal que aquel que no se esforzó y reprobó. Ponemos mucha atención en el resultado (el fracaso o el éxito) y poca atención al proceso.

Resulta que el fracaso es parte importante de nuestro aprendizaje. El fracaso bien entendido, nos permite aprender. Nos permite incrementar ese conocimiento, habilidad y experiencia.

Hay que entender al fracaso, en nosotros y en otros, como algo importante para el crecimiento y el desarrollo personal.

Después del fracaso debemos preguntarnos qué salió mal, porqué salió mal. Sobre todo debemos de cuestionarnos qué aprendimos o que nos deja esta experiencia de fracaso.

En estos meses de pandemia, al tener que adaptar mis actividades a la “nueva normalidad”, al “trabajo en casa”, al “trabajo virtual y a distancia”, he tenido aciertos y fracasos.

Los fracasos no se sienten bien, pero no deben paralizarnos ni debemos de ocultarlos. Debemos de enfrentarlos, si involucra a otros debemos pedir retroalimentación, reflexionar profundamente y establecer en que debemos de mejorar.

Mi reflexión de hoy es ¿cómo manejas tu fracaso? ¿Te abruma y te consume? ¿Lo niegas y lo evades? ¿Lo usas como un mecanismo para el crecimiento personal? Cuéntame tu experiencia me gustaría conocerla.