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Aprendiendo a trabajar juntos

En las escuelas de educación básica, no es raro que soliciten a los niños que integren equipos de 3 o 5 personas para llevar a cabo un proyecto. En ocasiones, les son asignados los equipos y se espera que colaboren de manera efectiva. Como sabemos, eso pocas veces funciona.

En las empresas sucede algo similar. Se forman “equipos” sin mucha consideración. Se habla de trabajar en equipo o de ser equipos de alto desempeño. Como muchas cosas, nos fijamos en el resultado, pero no en el proceso para llegar allí. Trabajar juntos no es un verbo o algo que se logra por que el jefe o gerente lo dicte. Es algo que requiere pasar ciertas etapas.

El trabajo en equipo se aprende y requiere de ser gestionado. Cuando se integra un nuevo equipo o una nueva persona ingresa al mismo se genera un desequilibrio que poco a poco se irá acomodando.

Entre las muchas teorías de trabajo en equipo, una de ellas establece que el equipo debe de transitar por cuatro etapas:

  • Formación. Es cuando los integrantes del equipo se cuestionan por qué fueron incluidos en el proyecto y por qué incluyeron a los demás. Hay muchas dudas sobre lo que tienen que hacer y la forma de hacerlo.
  • Tormenta. Esta es un etapa donde empiezan los conflictos y diferencias entre los miembros del equipo. Aún no se conocen ni han desarrollado las reglas para un trabajo sano y coordinado. En ésta etapa algunos equipos se pueden quedar estancados y requieren de apoyo para superar la etapa.
  • Normar. Es cuando el equipo se da cuenta que requiere de establecer qué es un comportamiento aceptable y que no lo es dentro del equipo. Es dónde el equipo comienza a conocerse, se forjan puentes de comunicación y mecanismos de colaboración. Se reconocen las fortalezas de cada uno de los miembros y se deja de prestar atención a las debilidades. En este punto el equipo clarifica el papel de cada uno y el objetivo que persiguen.
  • Desempeño. Esta es la etapa deseada desde el inicio. Ese punto en que los miembros del equipo colaboran, se comunican, confían unos en otras e interacciones con respeto y aprovechando sus competencias para el logro de los resultados y de los objetivos planteados.

Algunos equipos logran transitar estas etapas de manera natural, otros no. Por ello se requiere de un mando o jefe que esté continuamente monitoreando la situación y orientando al equipo para transitar las etapas. De no hacerse, el equipo se podría viciar en comportamientos negativos y desintegrarse a sí mismo y conformarse con trabajar de manera aislada.

El mando debe reconocer las necesidades de competencias de los miembros del equipo, tales como la comunicación efectiva, manejo de juntas, manejo de conflictos, elaboración y seguimiento de planes de trabajo y otras técnicas útiles en las que los miembros del equipo apoyen su futuro desempeño.

Es utópico, o iluso, el pensar que las cosas se darán solas, con el puro compromiso y empuje de la gente. Se requiere una gestión activa por parte de los mandos, buscando equilibrar y mediar con el equipo mientras desarrolla confianza y autonomía. Durante ese proceso habrá errores y fallas, y sobre todo habrá aprendizaje.

El mando debe integrar a los equipos de manera equilibrada, trabajar sus competencias y monitorear sus avances mientras ellos van aprendiendo a trabajar juntos. Los pequeños triunfos pasará a ser grandes triunfos con el tiempo, la orientación y gestión apropiadas.